Cuando cumplí 5 años, mi abuelita decidió regalarme un juego de cuarto de niña grande. La cama era matrimonial. Me costaba mucho trabajo dormir ahí, solita, así que ponía una gran muñeca al lado mío. Era una de esas muñecas, con el cuerpo suave de tela, y la cabeza y las manos de plástico. Era bastante grande, quizás un poco más bajita que yo. Así al menos, no sentía el vacío.
Cuando cumplí 10 años, mi mamá cedió ante mi capricho de tener una cama de vuelos (con toldo de tela y cortinas a los lados). Lo más cursi posible. Ésta era individual. Ahí dormí muchos años, aunque seguía sintiéndome sola en las noches.
Cuando cumplí 15 años, no quise fiesta de 15 años. Afortunadamente, mi madre no me obligó a vestirme de tul rosado (hubiera parecido un gran merengue o un algodón de azúcar) ni nada de eso. Pero pedí de cumpleaños que se remodelara mi cuarto. Desde que tenía como 6 años estaba pintado de rosa pálido por completo. Para mi adolescencia, ya estaba harta del rosa pastel. Así que me fuí a los extremos y quise blanco y negro. El piso era como de ajedrez, loza blanca y negra a cuadros. Paredes blancas (porque en negro era demasiado extremo), pero los marcos de las ventanas, las puertas del clóset, el cuarto y el baño en negro. Y la cama, de nuevo individual, en negro.
Esa soledad en la cama creo que nunca se me quitó por completo. En la cama individual aprendí a darme la vuelta sin caer de la cama, algo así como si rotara sobre mi propio eje. La puse contra la pared, para al menos tener algo a mi lado. Los muñecos ya estaban de sobra.
Ahora, hasta los 28 años he aprendido más o menos (no del todo) a sobrellevar esa soledad en la cama. Ya no sufro con temor de caer al darme la vuelta. En una cama queen size, lo mejor es dormir en el medio para no sentir que falta algo a tu lado. Y en caso de que la soledad regrese, ya tengo una almohada corporal, de esas que son largas largas, como para abrazarla mientras uno duerme.

Pero con todo y mis tácticas, no niego que a veces quisiera poder sentir un cuerpo cálido del otro lado del colchón, que me pelee las sábanas e impida que me de la vuelta por completo.
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